viernes, 20 de enero de 2012

2.

Ese fue mi sueño. Soñaba que me llamaba, y empezaba a temblar. No el móvil, que también, sino todo mi cuerpo. Mi corazón comenzó a bombear más rápido de la cuenta y un calor repentino se apoderaba de mi pálida piel que había pasado del beis al rojo vivo en unos cuantos segundos. Un tomate no tenía nada que ver conmigo. Y no lo digo por su forma redonda-mi cuerpo no ha adquirido hasta el momento esa forma gracias a dios- sino por el color, ese color vivo que caracterizan a los tomates. Lo que iba diciendo, que me voy por las ramas-no ramas de árbol, que conste-, en ese instante tenía tanto miedo de lo que me iba a decir, que pensé no cogerlo. Pero claro, si a esa situación de nerviosismo le añadimos el tono de llamada tan feo que sonaba, da como resultado el poder convincente de mi mente que me incitó a coger la llamada. Fue algo extraño, pues traté de atraparla con mis manos pero todo esfuerzo me fue en vano. Luego comprendí que las llamadas no se cogen, sino que se teclean, por lo que tecleé el botón verde.
Era él, tan extraño como de costumbre, tan como yo. Me decía que lo nuestro era una rutina y que había decidido vivir su vida. Que conmigo ya no vivía. Entonces, mientras el pobre chiquillo decía palabras sin ton ni son de un tal Robespierre -ah no, perdón, que me he ido al mundo de la Historia, creo que se trataba de Schumpeter, ah no, espera, que me he ido al mundo de la Economía, creo que ya se de quien se trataba......de Descartes, oh no, shit! ¡Me he ido al mundo de la Filosofía!
¿de qué señor, pues, hizo honor aquella aterradora llamada? Llamada viene de la unión de los términos Ya-Mada. Mada era una chica mexicana que vivía en un una pequeña ciudad  cuyo nombre responde a la pregunta ¿cuál es la ciudad más tranquila?: La Paz.
Mada vivía en la Paz. Era muy hiperactiva y se pasaba todo el día telefoneando a sus amigos. Para ser claros, era una cansina. Todo el mundo le decía Ya, Mada, estate quieta. Ya, Mada. Qué pesadita. Ya, Mada. Así día tras día por lo que todo el mundo le conocía como "yamada". El término se quedó como "llamada", con LL, porque el fabricante de los instrumentos Yamaha se quejó por la similitud de la palabra. Argumentó que la gente dejaba de comprar sus saxofones, recordando a Yamada que era tan pesada. Tenían miedo a que el instrumento emitiera sonidos por sí mismo, por lo que los especialistas optaron por quitarle la Y y sustituirla por LL. Así, llamada se convirtió en el símbolo universal de telefonear a alguien, como lo hacía Mada-


Ahora que lo recuerdo, B me hablaba sobre J-L Borges. Mientras él emitía una breve reflexión sobre sus planes futuros en los que yo no entraba, mi mente había pasado de sus palabras a sus recuerdos, y por cada palabra que él pronunciaba, un recuerdo se colaba. Al principio apareció el cielo. En él, amplio como si del infinito se tratase, volaban pájaros, uno detrás de otro, que como B, tenían un nuevo destino. Me preguntaba dónde irían. Con mi mirada fija en ellos, recorría el camino que seguían hasta que les perdí el rastro. Los veía pequeños, muy pequeños como una punta de un alfiler. Cuando se fueron, el cielo se veía completamente azul. Entonces otra imagen siguió sucesivamente a la anterior. Era la de una risa contagiosa. Todo se esfumó cuando de repente, un rayo incesante atravesó aquella habitación. Era la luz principal del pasillo. Entre aquella luz una voz susurraba: "¿qué soñabas? Te reías sin ninguna explicación."


No hay comentarios:

Publicar un comentario