Una mañana cualquiera, un día cualquiera. Miras el reloj. Otra vez se te hizo tarde. Actúas como un canguro en apuros y de un salto logras incorporarte. Ni un minuto más en la cama porque sino una de dos: o llegas tarde y te sometes al interrogatorio del profesor o llegas “tó roja” y “tó acelerá” pareciendo que acabas de salir de la clase de E.F. Así que te vistes como puedes, con los ojos entreabiertos aún por el sueño -ya te imaginarás los resultados, la camiseta al revés o algo por el estilo y vuelta a empezar, por lo que te sale más rentable no hacer lo que yo-.
Te preparas el vaso de leche de la misma manera, aguantando el peso del cuerpo inerte aún sedado. Total, que entre pitos y flautas oyes el timbre del instituto desde tu casa, coges la mochila y te piras directa al salón más conocido del vecindario, el instituto. Alzas la mirada al frente y puedes comprobar los cuerpos andantes carentes de sentido, máquinas dispuestas a hacer su rutina diaria.
Estamos llenos de obligaciones, sí, a más no poder. Cuando madrugas, cuando vas “pa llá”, cuando vienes “pa cá”, cuando miras la agenda y la palabra Deberes significa “Debesbeber” para soportar esto. Incluso cuando vas a pegarle un “bocao” al bocadillo del recreo, una obligación se cuela y te la tragas, y encima se te atraganta y mínimo hasta que no pasa la mañana no vuelve a su lugar de origen.
Señores, la vida es algo más que simples obligaciones. Aprovechemos las oportunidades que se nos presentan para dejar esas obligaciones a un lado y hacer chistecillos con ellas, buscarles las mañas y hacerlas sentir un poquito mal. ¿De qué nos sirve estar preocupados por nuestra rutina? Si al final es la que sale ganando todas las mañanas a las 8:15. Por eso, tomémosla como algo diferente y fácil de digerir y no como algo prominente en nuestras vidas
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